A contraluz

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    Apartamento en torre antigua ("El Círculo Mágico", Katherine Neville)

    Cuando Wolfgang abrió las puertas del castillo, me dejó entrar y encendió las luces, me quedé más atónita todavía.

    Estábamos en una gran torre circular con el suelo de pizarra; el techo se levantaba a unos veinte metros por encima de nuestras cabezas, con un complejo tragaluz abovedado en la parte superior a modo de caleidoscopio, a cuyo través se divisaba el cielo nocturno.

    El interior estaba iluminado por diversas luces adosadas que centelleaban, como estrellas, desde hornacinas abiertas en los muros de piedra. Un andamio de metal se elevaba del suelo como una escultura abstracta hasta la parte superior de la torre, y en él se apoyaba un surtido de estructuras de múltiples formas, que recordaban casitas en un árbol y sobresalían de la pared de piedra exterior formando ángulos diversos. Cada «casita» estaba rodeada por una pared curvada de madera encerada a mano, con tonalidades graduales y cálidas. Y cada una disponía de una parte de pared de plexiglás: un ventanal del suelo al techo que daba al espacio central abierto y se curvaba en parte por el techo como si fuera una claraboya para dejar entrar la luz de arriba. Al principio no me di cuenta, pero estas habitaciones estaban conectadas por una escalera de caracol con peldaños de madera que recorría el perímetro circular de la pared exterior. El resultado quitaba el aliento.

    -Me recuerda esas ciudades subterráneas que mencionó Dacian -afirmé-. Como una cueva mágica escondida en el interior de una montaña.
    -Y sin embargo, de día, se llena por completo de luz -comentó Wolfgang-. En las aberturas de estilo medieval, troneras y aspilleras, he instalado cristales y añadido claraboyas, ya lo verás. Mañana, mientras desayunemos, el sol lo iluminará todo.

    (...)

    -Pero primero, me gustaría enseñarte el resto del castillo... si te
    apetece, claro.
    -Estaré encantada -asentí-. No he visto nada igual en mi vida. El suelo de pizarra de la torre medía unos quince metros de diámetro.

    En el centro, había una zona dispuesta como comedor, con una mesa baja de roble rodeada de sillas tapizadas. Un poco más lejos, frente a la entrada desde donde lo observaba todo, estaba la cocina, delimitada por metros de estanterías abiertas llenas de vasos, platos y especias. A lo largo de la pared de la cocina había mostradores de madera gruesa, interrumpidos sólo por l1na cocina tipo chimenea, con una salida de humos construida en la pared exterior, como era de esperar en un castillo. Las escaleras cercanas que ascendían por la pared de la torre conducían al primer nivel, la biblioteca.

    Aunque algo mayor que las habitaciones superiores, la biblioteca se abría en forma de semicírculo; que descansaba asimismo sobre un andamiaje y se sujetaba en la pared de la torre para mantener la estabilidad. Gran parte del muro de piedra estaba ocupado por una gran chimenea ya preparada con leña. Wolfgang se arrodilló ante el hogar, abrió la salida de humos y con un palito largo encendió el fuego.

    Delante de la chimenea se encontraba un sofá de piel, con muchos cojines y una mesita de café en forma de bumerán donde reposaban libros apilados. Alfombras turcas de colores pálidos cubrían el suelo. De hecho, no había librerías, pero el escritorio Biedermeier estaba lleno de papeles y útiles de escritura, y los libros se amontonaban en mesas, sillas, hasta en el suelo, por toda la habitación.

    Después del siguiente tramo curvado de escaleras, en el segundo nivel estaba la habitación que Wolfgang me había destinado, con una cama grande y confortable, un armario, un sofá y un baño anexo. Las dos habitaciones superiores servían para dormir, a la vez que como despacho y sala, y por la abundancia de papeles y materiales de investigación, el ordenador y demás equipo que vi en una de ellas, era obvio que Wolfgang la usaba como oficina. Todas las habitaciones disponían de varias aspilleras altas provistas de ventanas con vistas al patio de césped.

    El piso superior, bajo el tragaluz, era la suite de Wolfgang, que contaba como mi habitación con un gran baño privado. Pero por lo demás, era excepcional. Estaba suspendida a unos quince metros del suelo y tenía la forma de un anillo rodeado por la pared exterior del castillo, con una abertura central de unos tres metros y medio protegida por una barandilla de madera encerada a mano. Por la noche, como era el caso, la luz de las lámparas destellantes adosadas a los muros de la torre, que se reflejaba desde abajo, así como la que llegaba a través de las paredes de cristal, procedente de las habitaciones inferiores, parecía flotar a nuestros pies como si estuviéramos por encima de las nubes.

    Recorrimos el espacio circular para que pudiera vedo bien. Una plataforma elevada formaba la cama en un lado, mientras que una zona para sentarse, con armarios y espacio para vestirse, ocupaba el otro. Entre ambos, un enorme telescopio metálico apuntaba hacia el cielo.

    El muro de piedra de la torre sobresalía hacia el exterior a la altura de la cintura, y contenía intercaladas troneras, esas aberturas características de los torreones de las fortificaciones medievales, desde donde los sitiados podían lanzar piedras pesadas a los asaltantes. Wolfgang había equipado esas aberturas con cristales que se abrían hacia el interior y que podían cerrarse como persianas.

    La suite tenía un techo mucho más alto que el resto de habitaciones, puesto que estaba situada bajo las fuertes vigas angulares que se entrecruzaban por la bóveda de claraboyas biseladas.

    Como Wolfgang había indicado, de día el impresionante techo de tragaluces aportaría luz adicional a toda la torre. Ahora, la sorprendente disposición estelar del cielo nocturno recordaba un bol gigante de luz a cuyo través brillaba todo el universo plagado de estrellas. Era algo extraordinario.

    -- De "El Círculo Mágico", Katherine Neville. Traducción de Laura Paredes.

    2003-10-08 19:24 | Categoría: Libros | 0 Comentarios | Enlace

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